Todos los enigmas

BE escriu · juny 2016

Todos los enigmas
Mabel Fuentes

Mabel Fuentes és cineasta independent en ple gir professional cap a la traducció anglés-espanyol.

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Todos los enigmas

Vivíamos en la casa de la calle Enguera. Aquella era la casa en la que yo nací. En su desproporcionada cocina mi padre me enseñó a leer, y en una tele diminuta que allí teníamos yo veía No te rías que es peor cada mediodía. En uno de sus baños me cagué una vez en el suelo por no haber llegado a tiempo, o eso creo recordar. El salón olía distinto cada veinticinco de diciembre y mis hermanos mayores me contaron cientos de veces entre las paredes de ese hogar que yo era adoptada. Era una casa enorme y no muy luminosa, y en ella yo desarrollé este sentimiento de que los mejores momentos familiares ya habían ocurrido y que yo había llegado tarde.

Mi hermana tenía en su habitación –que era la habitación de una adolescente– una figurita de escayola. Se trataba de dos fantasmas fluorescentes, uno pegado al otro. Yo tendría cinco, seis, siete años, y este objeto siempre había estado en esa habitación. Yo siempre lo había visto. Era una pieza deliberadamente benigna, incluso graciosa, que convivía con pósters de Richard Gere y peluches de perritos. Sin lugar a dudas yo sabía que su propósito era ser divertida y, sin embargo, resultaba perturbadora. No entendía de qué manera pero en ese objeto estaban todas las preguntas. Todos los enigmas. Aquellos fantasmas eran un trasunto de todo lo que se me escapaba.

Lo mejor que me pasó de niña fue un libro por fascículos que mi padre había coleccionado. Se llamaba El gran libro de consulta y lo conseguías después de comprar El País muchas veces. En ese libro lo explicaban todo: el Universo, los dinosaurios, los músculos, las religiones, los ordenadores, las culturas, los fósiles. Coleccionamos otros, algunos sobre plantas y uno que era un archivador de mapas por países. Pero ninguno era tan especial como El gran libro de consulta. Yo podía pasarme horas entre sus páginas, oscilando a partes iguales entre el asombro y la extrañeza de haber venido a este mundo.

Recorría sola el largo pasillo que daba a la habitación de mi hermana para observar a los fantasmas. Los miraba y me ponía a pensar que fuera, fuera del todo, había más planetas y mucho negro. Me preguntaba por qué nosotros –los humanos– tenemos este aspecto y nuestro mundo es como aparenta. Era como si los fantasmas me dijeran: “Todo esto es muy extraño y un día no quedará nada”. Pero todo aquello era todavía más aterrador porque yo tendría cinco, seis, siete años y no había tantas palabras. Lo que cuento es una interpretación emocional de un relato que no existía.

Hoy he visto a mi madre jugar con mi sobrina y me ha recordado cuando yo jugaba con ella de pequeña. Cuando viajábamos en coche solíamos recrear Humor amarillo. Decíamos chorradas y yo brincaba agarrándome a los asideros. Los pasadizos, las rocas, los estanques y el barro habitaban en nuestras mentes y que el coche entrase en un túnel era lo mejor que podía pasar. En esos momentos, mi madre era el mundo. No existía el colegio, ni los deberes, ni la tortilla francesa que tanto me costaba cenar. Ni siquiera existía El gran libro de consulta. Tampoco la figura de los fantasmas, aunque siguiera allí posada, sobre la cómoda de mi hermana.

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